Uno de los animes de romance más interesantes de la temporada nos entregó otro episodio envuelto en una burbuja de emociones, donde Tiararose vuelve a ver cómo su mágica unión con el príncipe Aquasteed tambalea por las ocurrencias de dos personajes de los que quizá no esperaba tanto.

La serie sigue apostando por una historia sencilla, arropada de clichés propios del género, pero sostenida por una pareja cuya química es innegable. Sus interacciones se convierten en el verdadero atractivo, incluso por encima de las subtramas que se desarrollan constantemente.
El episodio no brilló demasiado y se centró en las acciones de Icilla, que continúa aferrándose a ese amor que dice sentir por Aquasteed, y en la reina de las hadas del mar, atrapada en sus celos y delirios, rechazando a Tiararose sin siquiera intentar conocerla. Ambas terminan urdiendo una maniobra bastante baja, en mi opinión, para destruir la felicidad de la protagonista.
Icilla es, para mí, uno de los personajes más incómodos de ver en esta serie. Que haya tenido tanto tiempo e impacto en este episodio refuerza esa percepción. No me malinterpreten: es lógico que sea central en el capítulo diez por todo lo que se desarrolla alrededor de ella, pero su actitud contradictoria —siempre arrepentida y, al mismo tiempo, empeñada en ser una piedra en el zapato— resulta agotadora.
El final del episodio, aunque correcto, nos deja con incertidumbre y preocupación sobre el destino de Tiararose. Sin embargo, considerando el estilo de la serie y lo visto hasta ahora, es probable que todo se resuelva sin grandes dificultades. Ese cierre logra equilibrar el capítulo y nos deja con ganas de seguir adelante.
A pesar de su ritmo medio, la historia sigue siendo un romance sostenido por una pareja con una química especial. Ya sea en momentos tiernos o en medio de las dificultades, su relación mantiene el encanto. Una fórmula que, aunque repetida, funciona con éxito en este episodio diez.